lunes, 8 de diciembre de 2014

DÍA 10 — MARTES 9 DE JULIO DE 2013. SHANGHAI (上海)

El viaje en tren fue de lo más agradable. Me sorprendió gratamente la verdad. Reconozco que compré los billetes a regañadientes básicamente porque tuvimos que cambiarlo a última hora, y pese a ser un viaje de 17 horas, no se hizo nada pesado y fue una estupenda ocasión para descansar, ya que después de la paliza de la semana anterior por Pekín y Xi’an necesitábamos un poco de pausa y no forzar la máquina demasiado.

Alrededor de las 7:45 de la mañana el revisor del tren pasó para decirnos que en unos 30 minutos llegaríamos a la estación central de Shanghai. Recogimos nuestras cosas, nos aseamos un poco, nos vestimos y cuando paramos en el andén, salimos en busca del metro. Shanghai nos recibió con un sol del infierno y con una ola de calor que seguía pululando por tierras chinas.

¡Ojú, qué calor!


 Teníamos el hotel en un lugar bastante céntrico y la parada estaba en la línea verde — (南京东路) — y la estación donde nos encontrábamos estaba en la línea roja — (上海火车上) —, así que teníamos que hacer transbordo en (人民广场) que conectaba la roja con la verde.

Esta vez no íbamos a tirar de tarjetas porque para cuatro días iba a ser un gasto excesivo, así que fuimos comprando billetes individuales cada vez que tomamos el metro. Nos montamos en el metro y llegamos al transbordo, pero algo nos detuvo cuando fuimos a tomar las escaleras mecánicas para ir al andén. Había un tapón de gente. Al ser hora punta, la estación se fue llenando de gente y al no poder bajar, cada vez se iba acumulando más gente lo que hacía que la situación fuera de lo más agobiante. Os dejo un vídeo para que veáis como estaba la situación.

video


Tras 10 minutos, aquello era insostenible y nadie se movía, pero cada vez había más gente apelotonada y se empezaron a producir empujones y situaciones un poco tensas. Decidimos salir de allí, perder el dinero del billete de metro, ir a un sitio a desayunar alguna cosa y cuando todo estuviera un poco más tranquilo, volver a entrar. 15 minutos después, vimos como la marea de gente empezaba a moverse y un poco más tarde, el atasco ya se había dispersado.

Entramos en un McDonalds y allí nos quedamos un buen rato. En el fondo tampoco teníamos prisa para llegar al hotel, porque nos esperaban a las 10 de la mañana aproximadamente y los días por Shanghai nos los íbamos a tomar con un poco más de calma.

Aproximadamente 45 minutos después, la circulación de gente ya había vuelto a niveles normales y decidimos volver a intentarlo e ir a por el metro.

El hotel de Shanghai me lo recomendó Judit, una compañera que estudió conmigo en Tianjin. No era muy caro y estaba bien situado. Tenía la dirección apuntada en un papel, pero lo importante era encontrar la salida correcta del metro para no dar más vuelta de la cuenta. Ella me dijo: cuando salgas tienes que ver un Forever 21 gigante. Y cuando en la primera salida que tomamos al azar lo vimos, me dio una alegría que no os podéis ni imaginar. Ante nosotros se alzaba una calle larguísima llena de tiendas de moda de conocidos diseñadores, restaurantes de comida rápida y multitud de personas caminando arriba y abajo. Se respiraba modernidad. Había algo en el ambiente que no había visto en ninguna otra ciudad de China.

¡El Forever 21!

 Siguiendo las indicaciones del mapa que había visto en el metro, cruzamos una calle y seguimos recto hasta encontrar la calle del hotel y unos metros más adelante, voilà, allí estaba. Una de las cosas que me tenían más intranquilo de Shanghai era el hotel. Al reservar recibí confirmación de todos menos de este. Estuve mandando correos electrónicos días antes de irnos, pero seguía sin recibir respuesta. Al final, el mismo día de llegar a Xi’an recibí uno que se había tramitado la reserva correctamente, pero aún así, no las tenía todas conmigo hasta que el de la recepción (que por cierto tuvo que cambiar de acento, porque al principio no entendía ni una palabra de lo que me decía) me confirmó que teníamos dos habitaciones hasta nuestra salida el sábado. Respiré aliviado y me relajé por completo.

Tuvimos que esperar un poco porque las habitaciones aún no estaban listas, pero bueno con el aire acondicionado y un poco de agua que compré en un súper que había a la vuelta de la esquina amenizamos la espera de la mejor manera. También me fijé que había algunos restaurantes y bares donde había platos bastante interesantes.

Cuando nos dieron las llaves de las habitaciones, aprovechamos para darnos una merecida ducha, quedamos para decidir lo que íbamos a hacer esa tarde y comimos un poco.

Teníamos por delante la visita de Shanghai, la ciudad más poblada de toda China y una de las más pobladas de todo el mundo. Shanghai yace en el delta del río Yangtsé. Shanghai está centrada en la costa del mar de la China Oriental y es administrada al máximo nivel con la categoría de municipalidad bajo jurisdicción central, que es un término que se utiliza en chino para denominar aquellas ciudades que tienen el nivel más alto que puede alcanzar una ciudad. En China hay 4 ciudades así: Pekín, Shanghai, Tianjin y Chongqing.

Actualmente es uno de los centros económicos, comerciales y turísticos más importantes de toda China y pone de manifiesto el continuo desarrollo de la población china. Hay una mezcla entre lo modero y lo clásico y lo oriental con lo occidental.

Shanghai no cobró nombre en China hasta 1842, cuando se estableció la concesión británica. Poco después llegarían los franceses y los estadounidenses y en 1853 el puerto de Shanghai ya se había colocado como el más importante de todo el país. Construida sobre el comercio del opio, la seda y el té, la ciudad atrajo también a las principales entidades financieras del mundo. Shanghai se convirtió además en sinónimo de explotación y vicio, con sus innumerables fumaderos de opio, bares y burdeles regentados por bandas. Todo bajo la custodia de la marina de Estados Unidos, Francia e Italia, los soldados británicos y la armada japonesa.

Tras el golpe de Chiang Kaishek contra los comunistas en 1927, el Kuomintang cooperó con la policía extranjera y las bandas de Shanghai y con los dueños de fábricas, chinos y extranjeros, para reprimir la revuelta. Explotados, castigados por el hambre y la miseria, vendidos como esclavos, excluidos de la buena vida y de los parques creados por los extranjeros, los pobres de Shanghai se radicalizaron. El Partido Comunista Chino (PCCh) se fundó aquí en 1921, y tras numerosos reveses, liberó la ciudad en 1949.

El centro de Shanghai se divide en dos zonas, Puxi y Pudong. En Puxi se encuentran los puntos de interés histórico, las antiguas concesiones extranjeras y los lugares de ocio (bares, restaurantes y clubes nocturnos más de moda); y en Pudong, más nuevo, se encuentra la sede del distrito financiero, que marca el famoso perfil urbano de Shanghai.

Shanghai crece a un ritmo vertiginoso y se operan más cambios que en cualquier ciudad del mundo. Su economía, capacidad de liderazgo y la confianza en sí misma la han colocado muy por delante de los demás ciudades chinas. Si los Juegos Olímpicos fueron un gran avance para Pekín en 2008, la Expo lo fue para Shanghai en 2010.

Nombre
Shanghai (上海)
Significado
Sobre el mar
Entidad
Municipalidad
Población
+ 23 millones de habitantes
Superficie
6.340 kilómetros cuadrados
Alcalde
Han Zheng
PIB
200.000 millones de yuanes
Subdivisiones
19 distritos
230 cantones
Gentilicio
shanghaiano /shanghaiana
Abreviatura
Hu ()

Nuestra primera parada era caminar a lo largo de toda la calle Nanjing (南京). Nosotros estábamos en el tramo este, así que queríamos caminar hasta el tramo oeste y seguir hasta que nos cansáramos.

A simple vista parecía como cualquier ciudad Europea pero con un ligero toque oriental, lo que te atraía mucho más. Lo primero que me llamó la atención fue que mientras caminábamos tranquilamente por la calle, se te acercaban chinos para venderte bolsos, carteras y relojes de marca. Decidimos ignorarlos para evitarnos problemas.



Tras caminar un buen rato llegamos a nuestra primera parada: la Plaza del Pueblo (人民广场). En su antigüedad era un hipódromo, pero ahora es el centro neurálgico de la ciudad. Esa mañana habíamos estado allí, escapando de la muchedumbre que esperaba ávida cruzar los controles y llegar al metro, pero esta vez decidimos meternos en los jardines y contemplar lo que había alrededor. Era bonito y se veía bien cuidado, no lo voy a negar, pero hacía tanto calor que yo personalmente no lo disfruté.





Seguimos caminando y nos metimos en una zona de tiendas y marcas de lujo. Shanghai desprendía un olor a modernidad y sobre todo a dinero que me estaba dejando muy impresionado. Y lo más importante, por las calles se veía mucho extranjero, mucho más que en otras ciudades. Sin duda, el hecho de que se haya desarrollando tanto y todo tenga un toque muy del siglo XXI es lo que atrae a los extranjeros a elegir Shanghai.



Caminando llegamos al templo de Jing’an (静安). Es un templo budista y el más antiguo de toda la ciudad. No pudimos entrar porque ya habían cerrado cuando llegamos, pero lo que más me impactó no fue ni la arquitectura, ni la disposición de las columnas ni los pigmentos de las paredes; sino dónde estaba situado. El templo estaba absolutamente absorbido por centros comerciales, rascacielos, el tráfico y las luces de neón. El paisaje era de lo más contradictorio que he visto en China. Me volvió a recordar esa capacidad que tiene los chinos a veces de cargarse las cosas por querer correr demasiado, como ese artículo que leí en un periódico que construyeron un rascacielos en medio de una autopista “sin darse cuenta”. Siempre he pensado que en China manda el “y yo más”, sin pensar en las consecuencias. Y en aquel caso, ver aquel templo budista tan bonito rodeado de escaleras mecánicas y de señales de tráfico me pareció algo espantoso. Pero es lo que hay, supongo.

El templo Jing'An absorbido por la modernidad de Shanghai

 El sol se estaba poniendo, el calor nos dio un poco de tregua y decidimos tomar el tren y volver al hotel para cenar en uno de los restaurantes de la zona. Lo que teníamos que visitar por la noche nos quedaba a tiro de piedra, así que era perfecto.

El restaurante en el que entramos no era muy grande y tenían una carta bastante suculenta y a buen precio. Pedimos varios platos de carne y fideos y la verdad es que cenamos muy bien. Conseguimos dar esquiva a los platos picantes, nos sirvieron rápido y bien y la comida estaba muy buena.

Con la luna encima de nuestras cabezas, decidimos ir a visitar una de las atracciones principales de Shanghai: el Bund (外滩).

Este fue el nombre que le pusieron los ingleses al terraplén de un muelle. Es una zona de edificios situados a orillas del río Huangpu (黄埔), justo enfrene del barrio de Pudong. En esta zona se encuentran algunos de los edificios más emblemáticos de la etapa colonial europea. A finales del siglo XIX y principios del XX fue uno de los mayores centros financieros de toda Asia. En conjunto son 52 edificios de estilos que van desde lo clásico a lo renacentista. Se le conocía como el Wall Street de Asia.

Se construyó además un muro de contención y se ensanchó la carretera y en 2009 se soterró el tráfico para que la zona sea más agradable para los peatones.

Los edificios más destacados son el Banco de Desarrollo de Pudong, antes conocido como Banco de Hong Kong y Shanghai, que sirvió de ayuntamiento desde 1950 hasta 1990; el Hotel Peace y la Aduana de Shanghai.

Nuestro hotel quedaba a exactamente 5 minutos del Bund. Y cuando fuimos llegando, vimos hordas de personas caminando hacia el mismo destino. La noche es quizás el momento idóneo para visitar el Bund porque están todas las luces de los rascacielos de Pudong encendidas y la gente se dedica a echar fotos sin parar y a caminar por el paseo.

Vista de Pudong desde el Bund

 ¡Qué bonita vista tiene el Bund! Me dejó sin palabras. Si no fuera porque casi me tengo que pelear con mil chinos para sacarme una cochina foto... Dejando las tonterías de un lado, la verdad es que las vistas de los edificios iluminados son espectaculares. Junto con los guerreros, era mi siguiente atracción turística que más ganas tenía de ver y no me decepcionó ni una pizca. 

De hecho, el tiempo se nos pasó volando. Estuvimos aproximadamente dos horas paseando y contemplando sin parar el Bund y cada vez que lo miraba, más se me caía la baba. No he contado cuantas fotos en total echamos, pero yo encendía la cámara en cualquier tramo para inmortalizar el momento desde todos los ángulos posibles, hasta esperaba que las luces de algunos edificios cambiaran para poder captar en mi cámara el I (L) 上海.



Nos fuimos porque ya no había nada más que ver, no porque no tuviéramos ganas de seguir viendo esa maravilla, porque de ser por mí me habría quedado allí horas y horas contemplando el horizonte.


Sin embargo, la realidad es que estábamos muertos de cansancio y de sueño y después de no haber dormido del todo bien la noche anterior en el tren, descansar en una cama era lo que los cuatro más queríamos en ese momento, después de pasar un espléndido primer día por Shanghai.  


¿Te has perdido algún día de nuestro viaje? Aquí te dejo los enlaces...


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