lunes, 18 de febrero de 2013

塘沽 - Tanggu


Seguimos descubriendo otro pedacito de China, esta vez no es ni una provincia, ni una ciudad, sino un distrito que se encuentra dentro de Tianjin, la ciudad en la que estoy viviendo y estudiando. Este distrito se llama Tanggu (塘沽) y está localizado hacia el este de Tianjin, y cuyas características principales son que alberga el puerto de Tianjin, que da al mar de Bohai (渤海 = BOHAI = literalmente “MAR BO”); y donde se encuentra el área de desarrollo tecnológico y económico de Tianjin.

El motivo de la visita era para encontrarme con Sara e Irene, un par de compañeras de clase de chino en la UAB. Habían aterrizado en China a principios de febrero porque van a trabajar aquí, y al estar tan cerca y no tener nada que hacer, había que organizar una quedada para reencontrarnos y ponernos al día. Tiene gracia que nos veamos en China y no en España.

Para llegar hasta Tanggu me decanté por el tren, tardaba unos 20 minutos el trayecto, sabía cómo llegar a la estación sin ningún problema, el billete era barato ya que ida y vuelta me salió por 21 yuanes = 2,6€ (Más barato que la ida de Mataró a Barcelona en bus o tren, ejem ATRACADORES ejem) y me iban a estar esperando en la estación, así que no tenía mucha complicación.

A las 7.30 de la mañana del domingo 17 de febrero de 2013, salí por la puerta de la habitación para ir a coger el autobús hasta la estación con una espesa “niebla” que cubría el cielo y el sol, que seguía durmiendo plácidamente. Me sorprendió ver las calles ya con tráfico y con tanta gente, sobre todo teniendo en cuenta que era domingo y que en España, las calles a esas horas de la mañana, rara vez consigues ver un alma por la calle, como mucho ancianos que se van de paseo o jóvenes que vuelven con una borrachera de caballo a casa a dormir la mona.

A eso de las 8:40 tomé el tren y a las 9:02 salí por la puerta de la estación para reencontrarme con las chicas. Después de salir, decidimos qué íbamos a hacer aquel día que teníamos por delante.

El primer objetivo del día era ir a visitar el puerto de Tianjin y pasear por la zona. El plan no parecía muy complicado de buenas a primeras, ¿no? Antes de seguir, ¿por casualidad recordáis a ese tipo que era profesor en el programa ese de bailar que se llamaba “FAMA”? Pues bien, para los nostálgicos y los que no lo sepáis, tenía una infame expresión que decía así: “caca, súper caca y UNA SUPER CAGADÍSIMA”. Nuestro plan de ir al puerto fue UNA SUPER CAGADÍSIMA, así de claro y en mayúsculas. Os cuento. No sabíamos dónde estaba exactamente, así que tiramos de Google Maps y le dijimos al taxista que nos llevara a la zona más “turística” o a la zona más cercana. El taxista iba conduciendo, el contador iba subiendo, nosotros íbamos charlando y el puerto no se veía por ninguna parte. Al final, salimos por una entrada de la autopista y allí no había NADA ni NADIE, aquello estaba más muerto que Wert en una asamblea de estudiantes armados.
El taxi en cuestión.
De repente, encontramos un centro comercial, que Irene dijo que estaba abandonado, y seguimos avanzando pero allí no había nada, incluso el taxista iba hablando por el walkie preguntando, pero allí no había rastro de nada, desértico. Y finalmente, llegamos al final de la carretera, donde sólo había un taxi (que vete a saber tú que estaba haciendo allí el taxista sólo, NO QUIERO NI SABERLO), un pequeño paseo con alguna que otra escultura, y el mar de Bohai, que se veía de color verdoso y con grumos, que bañaba unas rocas que tenían nieve. La niebla tampoco mejoraba mucho la vista, porque aquello parecía una escena de Piratas del Caribe.
El paseo marítimo nevado con el mar Bo (渤海) de fondo.
Así que nos bajamos del taxi con el contador ya en 100 yuanes, diciéndole al tío que no se fuera, dimos varios pasos, echamos 4 fotos (incluso le pedimos al taxista que nos echara una de los 3 y en vez de sacar la estatua que teníamos detrás sacó la niebla) y nos volvimos para atrás con el mismo taxi. Nos echamos a reír de lo surrealista de la situación, sobre todo con el comentario de Sara de “ahora le dirá a sus compañeros LOS PARDOS YA VUELVEN”. Sé que no tiene ni PUTA gracia, pero era eso, darnos de hostias o matar al taxista, así que nos lo tomamos de la mejor manera posible.
¡Ya vuelve los pardos!

Tras llegar de vuelta a la zona del apartamento donde están viviendo ellas, el contador marcaba la escalofriante cifra de 210 yuanes, lo cual suponía pagar 70 yuanes cada uno por el taxi (8,75€), puede que en €uros no sea mucha cantidad, pero aquí eso es un dineral. Encima el taxista se extrañó cuando lo pagamos a partes iguales y no lo pagaba yo. ¿ESTAMOS LOCOS? El taxista ya podía dejar de trabajar ese día, ya le habíamos llenado el cupo de beneficios antes de las 10:30 de la mañana.

Tras el chasco de la visita al puerto, las chicas me estuvieron enseñando la zona por la que viven. Me pidieron perdón tropecientas mil veces porque no había nada que visitar y que turismo por allí 0, pero no me importaba, ya me lo imaginaba antes de ir.
Paseando por 塘沽
Por lo tanto, caminamos por las calles, paseamos por un parque de árboles deshojados, hice fotos a las cuatro  estatuas contadas que había por las calles (cuando veíamos estatuas era un ¡ESTATUA!) y fuimos a desayunar al Starbucks (un poco de publicidad subliminal, SÍ, y SÍ, en China también hay) y a charlar un rato mientras hacíamos tiempo.


A las 12 fuimos en dirección hacia el hotel donde ellas estaban viviendo. Habían quedado con una china, cuyo nombre era Kelly, que era la que se había encargado de traerlas hasta China y que trabaja en una empresa en Shangai. Aquel mismo día cogía un avión de vuelta, así que habían quedado con ella para despedirse, preguntarle dudas sobre el trabajo y darle las gracias por toda la ayuda.

Fuimos para unas calles que habíamos visto anteriormente mientras caminábamos en la que había restaurantes para ir a comer. Vimos, en primer lugar, un sitio que no era muy caro y que servían varios platos, pero Kelly dijo que no porque era demasiado “simple”. Unos metros para allá, encontramos otro que le pareció mejor y allá que entramos.

El restaurante tenía una decoración muy acogedora y las mesas estaban acompañadas de taburetes y no de sillas para sentarse. A mí lo que más me llamó la atención fueron dos mujeres que estaban en la puerta del lavabo y se encargaban de decirte “está ocupado” o “ya puedes pasar”. Una vez todos sentados en la mesa, se acercó la camarera para atendernos y nos dejó encima de la mesa de madera una hoja en la que había jiaozi (饺子 = ravioli chino muy típico hecho con una pasta pequeña como de canelón relleno de carne, verduras u otros ingredientes. Me ha quedado muy de Arguiñano, pero para quien no lo sepa) y después nos enseñó una tablet (fue como ¿EING?) con fotografías de platos con el nombre y el precio. Pedimos 3 de jiaozi, y 3 platos: uno de champiñones rebozados, otro de pollo troceado con verduras y anacardos (宫保鸡丁 por si alguien lo conoce) y uno de berenjena a trozos en salsa. Y para beber, té. Un poco cliché, pero bueno, entre té y agua caliente, me quedo con el té.

Todo estaba riquísimo. Y lo digo en serio. Lo único que no me entusiasmó mucho fueron los champiñones, pero el resto de platos, de 10. Las chicas aprovecharon la comida para preguntar dudas (van a trabajar de profesoras de inglés en una guardería) y pedir consejos y al final ya hablamos del idioma, de la diferencia de culturas, del matrimonio en China y de muchos otros temas. Una comida realmente agradable.

Tras salir del restaurante acompañamos a Kelly de vuelta al Starbucks para que adquiriera un café y fuimos con ella hasta que tomó un taxi para ir a una estación de metro, porque con el metro podía llegar hasta el aeropuerto directamente.

Lo siguiente que hicimos fue ir hacia dónde vivían ellas. Se hospedan en un hotel, pero no en las habitaciones del hotel, sino que dentro del hotel hay unos apartamentos, y en uno de esos apartamentos, que además es una oficina con su despacho de reuniones y todo, están ellas viviendo con su jefe.   

Al entrar en el apartamento, pude comprobar que aquello era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Nada más entrar, vi ordenadores y a un par de mujeres que estaban trabajando. Al presentarme, una de ellas me pidió por favor que tomara asiento y me ofreció un té, que pese a estar muy bueno, quemaba como la madre que lo parió. Estuvimos sentados un rato, mientras Irene y Sara me explicaban cómo funcionaba el apartamento, su trabajo, quién era quién allí y que en breve iba a conocer a su jefe, con el que íbamos a cenar esa tarde/noche (teniendo en cuenta que cenan entre las 5 y las 6…).

De repente, se abrió la puerta y entraron varias personas de entre los cuales se encontraba su jefe, cuyo nombre inglés es Kevin, y me saludó muy efusivamente. Se presentó en inglés, pero me dijo que hablara con él en chino si quería, que nos entenderíamos mejor. Charlamos un rato y me dijo que iban a preparar la cena, que me sintiera como en casa.

Las chicas aprovecharon para enseñarme todo el apartamento y nos refugiamos en su habitación un rato. Como ellas llegaron durante el año nuevo chino se han dedicado a ir con el jefe a cenas y comidas de año nuevo chino con mucha gente y han experimentado muchísimo todo lo relacionado con sus costumbres en la mesa, su forma de hablar, su forma de beber, etc.

Cuando llegaron las 6 de la noche nos llamaron para ir a la cena. En la mesa íbamos a ser nosotros tres, el jefe Kevin (que por cierto es de Harbin), su esposa, un amigo suyo que se llamaba Mark como yo (se partió de la risa cuando se lo dijimos), un hombre y dos mujeres más. La relación de los otros cuatro no me quedó muy clara, pero bueno que íbamos a ser 6 chinos y 3 españoles. En la mesa había un festín de comida de todo tipo: salmón crudo, fideos, arroz, carne con verduras, carne con brócoli, verduras, platos típicos, salsas… DE TODO Y PARA TODOS LOS GUSTOS. Sin embargo, para mí lo que más me llamó la atención, por lo asqueroso que era, fue el 臭豆腐 = CHOUDOUFU, no sé si el primer carácter es el correcto, pero es un tofu de un color entre marrón, verde y negro que tienen envasado en un bote con una agua verdosa. El olor es repugnante, pero al probarlo fue como si cogiera una cagada de paloma con los palillos y me la comiera, A-S-Q-U-E-R-O-S-O. Pero bueno, sigo vivo, todavía... Como dijo Kevin emulando a mi madre en ocasiones, para decir que algo no te gusta tienes que probarlo antes, aunque sea muy poquito, si no lo pruebas, nunca sabrás si te gusta o no. Kevin era una caja de sorpresas, por cierto, también nos comentó que estuvo trabajando 8 años en Ghana y aprovechaba siempre que podía para bromear con nosotros.

No puedo pasar por alto la bebida. No sé si lo he comentado alguna vez, pero en China te puedes ir a comer a cualquier restaurante con tu bebida, y no pasa nada, así que normalmente la gente suele comprar la bebida fuera y llevarla para comer o cenar, ya que en la carta suelen ser un poco caras. Normalmente, en este tipo de eventos se suele beber cerveza (青岛 QingDao, es la más famosa y que se suele consumir más) o baijiu (白酒 = literalmente “licor blanco”) que se puede comparar con nuestro aguardiente, se consume en comidas de negocios y eventos importantes y que tiene una graduación alta. Como ya había probado el baijiu y preferiría que me quemaran vivo antes de volver a beberlo, ya vi que los chinos estaban bastante emperrados con que bebiera, pero ya les dije de entrada que “muhas gracias, pero prefiero la cerveza”. Fue muy curioso poder ver cómo se comportan y qué hacen a la hora de comer en este tipo de eventos. Te iban diciendo que comieras e iban proponiendo brindis (sobre todo mi tocayo Mark) por esto y por aquello, brindis con este, brindis con el otro, brindis con menganito, brindis y más brindis. Lo curioso del brindis, por ejemplo, era la cantidad que tenías que beber. Te preguntaban, “¿Cuánto?” y tenías tres opciones:

A) decir ganbei (干杯) lo cual traducido a nuestro idioma es un “Sant Hilari, Sant Hilari, fill de puta qui no se l’acabi” de manual;

B)  decir ban () lo cual quiere decir que te tienes que beber medio vaso, opción que utilizamos más;

C) decir yimu (no sé qué puñetas de carácter es) lo cual quiere equivale a “un dedo, un sorbo, un trago”, que lo hicimos al principio, y ya hacia el final, mientras los chinos nos miraban con cara de “¡vaya mierda!”.

Suerte que no bebí baijiu en esa cena porque entonces no vuelvo a Tianjin esa noche aunque me lleven a cuestas hasta la habitación. La cerveza y el baijiu corrían en esa mesa que daba gusto, y eso que me dijeron las chicas que esa noche era suave.

Luego salió el tema del fumeque. Me preguntaron “¿Fumas?” y dije “No”. Y de repente se hizo como un silencio incómodo, incluso Kevin tomó aire. Al cabo de unos segundos vino la réplica: “¿POOORRRQUEEEEE?” y yo “Pues porque es malo para la salud”, y entonces Kevin soltó “un buen hombre tiene que hacer cosas malas para ser bueno”, dicho esto, se echó a reír. HIJOPUTA como le dio la vuelta.  

A mí me llamaron la atención especialmente mi tocayo Mark, que me iba proponiendo brindis y que intentaba hacer bromas con nosotros, y por supuesto, Kevin, el jefe, que se nos puso a hablar de temas como “en China la familia es muy importante”, de la trascendencia de tener “contactos” aquí, de cuánto más grande sea una familia mejor, de que ganar dinero es lo principal, que él era el hermano mayor y Sara e Irene sus hermanas, que éramos muy inteligentes por venir a China porque China es muy importante hoy en día… No sé, fue un poco escena de “El Padrino”, pero bueno. Lo que me hizo más gracia es que Kevin no comía, sólo repartía comida y bebía baijiu sentado con las piernas abiertas y con toda su panza aposentada en sus piernas, expandida como si fuera un puf de IKEA en el suelo.

Viví toda esa cena a tope. Por un lado, todo era muy interesante, verles en su salsa, comiendo, bebiendo, brindando, charlando, riendo, fumando, con el jiji y el jaja; pero por otro lado, el tema de la familia y los contactos daba un poco de canguelo. Sin embargo, vivir esa experiencia me supo a oro, porque era una de las cosas que quería sentir y experimentar, y a pesar de que fueran sólo 2 horas, aprendí un poco más de su cultura, me relacione lo que pude con ellos, entendí todo lo que pude de lo que hablaban en chino y bebí lo justo. En definitiva, una experiencia T-R-E-M-E-N-D-A.

A eso de las 8 estábamos otra vez en la estación, para ya volverme a Tianjin. En el tren, me di cuenta del gran día que había vivido y todo lo que aprendido y experimentado, de verdad que fue un placer poder ponerme al día con Sara e Irene, visitar una zona nueva en China y poder pasar un gran día en Tanggu.      

miércoles, 13 de febrero de 2013

Mi segundo primer día


Tianjin. Mi querida Tianjin. Ya estoy aquí de nuevo.

Han pasado muy rápido estos días, des del día 19, la vuelta a casa, después de una paliza de viaje que se prolongó hasta casi las 35 horas entre vuelos, esperas, retrasos y escalas. Sin embargo, pasar unos días por casa era lo que más necesitaba. GRACIAS por estos días.

Ahora toca la segunda parte de esta emocionante aventura por China. Antes, voy a relataros todo lo acontecido en este segundo primer día.

Después del “escarmiento” que supuso los otros dos vuelos (salidas a las 6 de la mañana y escalas de mínimo 4 horas) esta vez compré los vuelos a horas más decentes y con escalas más cortas. Al fin y al cabo, si están esas escalas es porque la gente las puede hacer. Mi vuelo (esta vez volví a confiar en Austrian Ariways para volver a Beijing) partía a las 13.45 desde BCN Airport, así que sobre las 11.30 estaba ya por el aeropuerto, para tener tiempo de sobra para pesar la maleta, forrarla en plástico, pasar por facturación, cruzar el control de equipaje de mano y encontrar la puerta de embarque.

En el aeropuerto me encontré con Carolina, una chica peruana que estudia en Francia que también está estudiando conmigo en Tianjin, con la que volvía, cosa que agradecí mucho cuando me enteré porque al ser un viaje tan largo, viajar sólo es un peñazo.

Los problemas salieron nada más empezar. ¿Debido a qué? Pues al peso de la maleta. Se suponía que no iba a tener problemas, porque dejé ropa en Tianjin, había dejado cosas que ya no me iban a servir en casa y había espacio de sobra, pero me puse a llenar la maleta de comida y embutido y al pesar la maleta, me pasaba de 4 kilos, así que empecé a poner cosas en la maleta de mano, que entraba dentro del peso establecido por la compañía (8 kilos), pero como no la pesan ni la controlan, empecé a poner cosas hasta que me parecía que estaba todo “equilibrado”. Una vez la maleta estaba dentro del peso establecido, la forraron en plástico, y fui para facturación y de nuevo susto al ver en el panel que el peso de la maleta bailaba entre 23,5 y 24 kilos. Al ver la cara de la azafata de tierra me acojoné un poco, pero no dijo nada, le puso la cinta correspondiente y para dentro. ¡Una cosa pesada menos!

Tras despedirme de mis padres, lo siguiente era pasar el control de equipaje por el detector. Yo confiaba en que no me quitaran nada de la comida que había quitado de una maleta a otra, pero no os preocupéis, TODO pasó sin problemas y sin pitar. Ahora, los 4 minutos que tardé en ponerlo todo en bandejas y los otros 4 minutos para volver a guardarlo, no fueron nada gracioso.  

Al llegar a la puerta de embarque vimos que había un retraso de unos 20 minutos. Teniendo en cuenta que teníamos 1 hora y 30 minutos de escala en Viena para coger el siguiente avión hasta Beijing, la verdad es que no nos preocupamos mucho, había tiempo de sobra, aunque saliera con retraso. Al final, entre pitos y flautas, salimos con más de media hora de retraso, pero bueno, tuvimos un vuelo tranquilo, con un sándwich y una bebida a escoger y aterrizamos en una Viena cubierta por la nieve que caía del cielo.

Al bajar del avión, fuimos directos a la puerta para nuestro siguiente vuelo, no sin antes pasar por el control de pasaportes y visado. A mí, ni siquiera me abrieron el pasaporte, el policía vio mi pasaporte y dijo algo así como “Españolen” y, nada, PALANTE COMO LOS DE ALICANTE.

Al llegar a la puerta, ya habían empezado con el embarque. Aún faltaban unos 35 minutos para la salida del vuelo, pero ya podíamos entrar, así que chino-chano, pasamos por el control de billetes, pasaporte y visado y para adentro. En este punto, tengo una buena y una mala noticia. LA BUENA es que el vuelo iba bastante vacío, con lo que no hizo falta que Carolina y yo nos sentáramos al lado, por lo que ella se fue a ocupar una fila de 3 para poder estirarse y yo pude poner los pies en su asiento y estar ambos más anchos; LA MALA era que nuestros asientos no tenían pantalla, lo cual suponía que no había ninguna distracción para ese vuelo de más de 9 horas, fuera de varias televisiones que había distribuidas por el avión  en la que proyectaban películas, que no sé otros pasajeros, pero en todos los asientos que probé se escuchaban terriblemente mal. Así que a dormir, leer y escuchar música hasta que llegáramos a Beijing. La comida, eso sí, una gozada, bebida te daban a cascoporro (hubo un pasajero que tenía dos asientos más a la derecha que se puso fino a Chivas durante todo el vuelo) nos dieron un snack de galletitas saladas, un desayuno con embutido y la comida había para elegir entre pasta con salsa de gambas y guisantes o pollo con salsa china y arroz. Cuando la azafata me preguntó, primero me dijo “pollo” y cuando dijo “pasta” no la dejé ni terminar PASTAAAAAAAAAAAAAAA. Un gran acierto, porque estaba riquísima.

Al llegar al aeropuerto (tengo que reconocer que no se me hizo tan largo y tedioso como pensaba) control de visado y pasaporte, montarnos en un pequeño tren que conecta la terminal de despegue de aviones y puertas de embarque con el aeropuerto en sí, y allí recogida de equipaje (¡sano y salvo con todo!). Una vez teníamos las maletas nos dispusimos a salir con los carritos, Carolina con las maletas de mano, y yo con las maletas grandes, pero antes había ¡OTRO! control de maletas, preso del estupor me quedé cuando el guardia dijo: “una de aquí y una de aquí” señalando a nuestros carros. En fin…

Lo siguiente fue ir a por el bus directo hacia Tianjin. Tuvimos la suerte de no tener que esperarlo porque salía a los 5 minutos de llegar nosotros. El trayecto rutinario se prolonga hasta casi las 2 horas y media, pero llámalo que no había nadie por la carretera y sorprendentemente todo el mundo iba por su carril, llámalo que el conductor iba más rápido que Fernando Alonso en una recta, pero en menos de dos horas nos plantamos en la estación de autobuses de Tianjin. Y es aquí donde venía la parte divertida: había que coger un taxi.

No sé si lo recordaréis de la entrada de mi primer día en Tianjin, pero el taxista que nos llevo, bueno los dos taxistas que nos llevaron, nos timaron a base de bien, y yo no estaba dispuesto a que eso volviera a pasar. Salimos de la estación y allí estaban ellos: LOS TAXISTAS, esperando como buitres hambrientos de carroña y en busca de extranjeros despistados a los que poder engatusar y sacarles hasta la bilis. Y ya nada más salir y preguntar al primero, nos dijo que 50 yuanes cada uno (6,25€) a lo que le respondimos “los huevos de Mahoma que son de goma” (bueno, eso no, una cosa refinada en chino), a lo que respondió que “era fin de año y que trabajar esos días era más caro”, las caras de Carolina y mía eran de ¬_______¬ ¿PERONDA? Así que le dije que no era nuestra primera vez aquí y que no intentara decirnos mentiras. Le dije que tenía que usar el contador, que entonces sí que nos montábamos en su taxi, pero se negó en rotundo. Nadie parecía muy dispuesto a llevarnos por menos de ese precio, hasta que vino uno que nos dijo que nos llevaba por 40 yuanes los dos (5€ entre los dos), intenté regatear soltando un “¿y por 30?”, pero no coló, y como veía que no íbamos a sacarlo por mucho menos, aceptamos y nos montamos. Lo primero que hice fue felicitarle el año nuevo al taxista que se puso muy contento y empezaron las típicas y ya cansinas preguntas de ¿de dónde sois?, ¿cuánto tiempo lleváis estudiando? Y un largo etcétera.  

Tras 15 minutos en taxi, nos dejó de nuevo en la puerta del campus. Al descargar las maletas de mano, que las teníamos en los asientos traseros porque no cabían en el maletero, vimos que había bastante barro en el asiento que habían dejado las ruedas de la maleta. El taxista se cagó en nosotros, LITERALMENTE, porque dijo algo que no entendimos, se fue a buscar un trapo y se puso a sacar la mierda del asiento, pero lo único que hicimos fue pedirle perdón y dejarlo allí con su suerte y algo de barro por limpiar. Continuamos andando cargando con las maletas con un “habernos cobrado menos y a llorar al parque”.

Pasito a pasito llegamos hasta la residencia. Todo seguía igual, hasta las luces de navidad, aún las dejarán allí hasta el año que viene. Lo único nuevo que tenía era que habían enganchado unas pegatinas grandes de color rojo con caracteres chinos que hay en las ventanas de todas las casas, tiendas y establecimientos y que se suelen enganchar cuando se celebra el año nuevo para desear felicidad, prosperidad y salud. Una vez allí, quedaba la parte que a mí más me tenía preocupado: la nueva habitación.

En mi última entrada, no sé si lo recordáis, os comenté que Dimitri, mi compañero de habitación ruso del semestre pasado, novio de Natasha (los bauticé como “No sin mi vodka” ¿ahora sí?), no iba a volver, así que tenía que buscarme un compañero nuevo, ¡con lo bien que estaba yo solito cuando él vivía con ella! Teniendo en cuenta que Carolina y Fiamma (una chica italiana) se habían cambiado a una habitación grande al piso 12, y Laura y Meri también tenían intención de hacerlo, pensé en buscar una habitación en el piso 12 cerca de la suya y el compañero que me toque este semestre pues que Dios se apiade de mí y sea alguien con quien me pueda entender, aunque sea en chino (así puedo practicar más), y que sea más o menos una persona decente.

No las tenía todas conmigo, porque no sabía si me iban a dejar, si iba a haber habitaciones vacías o disponibles en el piso 12 y si me iban a dejar estar solo hasta que viniera alguien, ya que a lo mejor me pedían pagar la habitación entera. Sin embargo, todo salió como la seda y al final, tengo habitación como la del semestre pasado que da hacia la calle donde no hace frío, estoy sólo a la espera de un compañero y justo enfrente de la habitación de Fiamma y Carolina, así que TODO ES PERFECTO (Laura, Meri si leéis esto, hay una habitación JUSTO, JUSTITO al lado de la mía que está vacía y es más grande que la que teníais el semestre pasado).

Y esto es todo, ahora que ya está todo ordenadito, comprobamos que Tianjin parece que está en guerra, porque todo está CERRADO, las calles están MUERTAS, y sólo se escuchan explosiones de los PETARDOS y COHETES que no paran de tirar durante el día, pero sobre todo por la noche. Les encantan los petardos. Si tienen hasta paradas montadas por las calles para comprarlos. Resulta que hay que esperar al último día porque son más baratos, ya que están eliminando género. Por suerte para nosotros, nuestro querido Century (el supermercado) sigue abierto y podemos comprar comida y agua para subsistir hasta que vuelva la actividad al campus que será dentro de unos 10 días aproximadamente, cuando se reinicien las clases.

Hasta ese momento, queda aprovechar estos primeros días de Año Nuevo Chino (aprovecho para Desearos a Todos y Todas un muy feliz Año de la Serpiente) y repasar el chino un poquito antes de iniciar el segundo semestre, que durante las 3 semanas que he estado en casa, no he tocado ni un libro ni he dibujado un solo carácter. Así que nada, me despido hasta mi siguiente entrada que supongo que será en breve.

Un abrazo muy fuerte.

马克儿

miércoles, 23 de enero de 2013

Visitando la muralla china


Una de las cosas que tenía en mente cuando me vine a China era ir a visitar la Muralla China. Junto con los pandas, el arroz, Tiananmen y los palillos, creo que no hay otra cosa que represente más al gigante asiático.

Cuando estuvimos de visita por Pekín, no tuvimos tiempo suficiente para ir a visitarla y además nos dijeron que iba a ser un hervidero de chinos, así que cuando la Oficina de Intercambios organizó una excursión para visitar un tramo de la muralla china que pasa por la Provincia de Tianjin, no tardamos ni un segundo en ir a apuntarnos para ir a echar un vistazo por allí.

El precio de la excursión ascendía a 50 yuanes (unos 6,25 euros) e incluía el transporte en autobús de ida y vuelta, la comida en un restaurante, una actividad de recogida de fruta y la entrada a la muralla. Las únicas peticiones que te requerían eran que fueras puntual, que llevaras el carné de estudiante y que compraras algo para desayunar. Por lo tanto, allí estábamos el día 27 de octubre de 2012, a las 06.30 de la mañana en el vestíbulo de la residencia esperando. Después de los madrugones de lunes a viernes, era un palo enorme tener que despertarse tan pronto un sábado, pero bueno esperábamos que la aventura valiera la pena y que pasáramos un muy buen día.

Después de contar las personas que éramos en cada autobús, nos montamos y nos pusimos en marcha a eso de las 7 de la mañana. No sabíamos dónde estaba exactamente la muralla, pero nos dijeron que quedaba a unas 2 horas y meda más o menos, así que el trayecto iba a ser largo, por lo que nos dormimos un poco. Una hora y algo más tarde de poner rumbo abrí los ojos y empecé a ver un poco las carreteras y el paisaje que se mostraba ante mí. La imagen no fue muy buena, pero bueno, pude contemplar un poco lo que se puede denominar como “verdadera China”, no lo que ves normalmente cuando estás en la universidad. A todo esto, cuando íbamos de camino, de repente los autobuses se detuvieron en una gasolinera, que estaba cerrada y dieron la vuelta. Fue un momento un poco ¿EING? hasta que me enteré más tarde de que los conductores se habían equivocado e iban conduciendo en dirección contraria. ¡BRAVO CHICOS!

Una hora más tarde, volvimos a parar, pero esta vez en mitad de una carretera de dos carriles, cada uno de un sentido, donde a la derecha teníamos un pequeño caminito de tierra y a cada lado unos lagos. Por culpa de la niebla, no se veía nada, así que pensé que se habían detenido por eso, pero la verdad es que había un atasco considerable y no se podía pasar de ninguna de las maneras.

En ese momento la gente empezó a bajarse del autobús para estirar las piernas y para hacerse fotos. Venían un montón de japoneses al viaje y se pusieron a hacerse fotos con todo: FOTO CON EL LAGO, FOTO CON LA PLANTA, FOTO CON EL CAMINO, FOTO CON UNA BARQUITA VARADA, FOTO CON LA NIEBLA…. Y luego por ahí también estaba Dimitri, mi súper compañero de habitación, haciendo fotos imposibles con su cámara (se trajo hasta el trípode), que sólo le faltó tirarse al suelo para tomar instantáneas.

Al cabo de unos 30 minutos o así, volvimos a arrancar. Esta vez pusieron una película china (malísima) que era una mezcla cutre de los efectos de matrix con el kungfu, porque se doblaban y se daban unas zurras que no coincidían con la realidad. Nosotros lo que hicimos era hacer nuestra versión, porque no entendíamos ni jota de lo que decían, así que la doblábamos como a nosotros nos parecía. Más de uno en el autobús nos miraba con cara de “¿Qué dicen estos pirados?”. Poco después de ponernos en marcha volvimos a pararnos. Esta vez nos dijeron que teníamos que pasar por un peaje (¡aquí también hay peajes!) pero estaba la barrera bajada, ya que la niebla impedía ver con claridad la carretera y no se podía pasar. En ese momento entendimos el atasco y la tardanza. Así que nos quedamos allí detenidos esperando a que se obrara el milagro, se abriera el cielo, saliera el sol y la niebla se dispersara. A todo esto ya llevábamos más de 4 horas desde que habíamos salido de la universidad y aún quedaba un buen tramo antes de llegar a la muralla. La cosa no pintaba nada bien, la verdad… Yo en ese punto pensé que nos íbamos de vuelta a casa sin ver la muralla ni nada de nada.

La película de chinos terminó al fin, y después pusieron Avatar. Y entonces dieron un ultimátum, “Si acaba la película y sigue la niebla nos volvemos”. ¡QUE NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO! ES BROMA, POMA; TRANQUILS PERNILS, en realidad, lo que dijeron es que si a las 11.30 no se dispersaba la niebla, pues nos volvíamos, así que quedaban uno 45 minutos para que la situación meteorológica mejorara miraculosamente.

Y ocurrió. A las 11.30, se dispersó la niebla, levantaron las barreras del peaje y se pusieron en marcha los motores de los autobuses. Pasamos por el peaje y, ¡dale, mamasita con el Tacatá! carretera y manta. Unas 2 horas después de volver a circular, llegamos a nuestra primera parada: el aparcamiento del restaurante en el que íbamos a comer. El restaurante estaba a unos 5 minutos del aparcamiento a pie. Era un campo de piedras con un riachuelo que lo atravesaba.

La comida que incluía la excursión consistía en una serie de platos de comida china (no muy allá la verdad…) y de postre un poco de fruta (había sandía o palosanto). Había bastantes mesas y teníamos que sentarnos donde pudiéramos. Aquello parecía TONTO EL ÚLTIMO. En cada mesa se podían sentar 9 personas. Meri, Laura y yo nos sentamos con un par de chicas que no conocíamos y con 4 japonesas. Si lo llego a saber no me pongo con ellas, porque a partir de ese día, a esas 4 las conocemos con el apodo de DEVORATRIX, porque ARRASARON CON TODO. ¡Qué manera de comer, la madre que las parió! Ya la cosa empezó con mal pie, porque teníamos un bol grande de arroz y Meri y Laura se pusieron ellas primero y entonces cometí el error de decir “es igual, ya luego volverá”, ¡CUÁN ILUSO FUI! porque entonces contemplé atónito que estaban arrasando a velocidad de coche de Fórmula1 con las pocas cosas buenas que había en la mesa. Y entonces empezó a girar el bol de arroz en sentido contrario al mío. Pues bien, cuando llegó a otra chica que tenía a mí lado no quedaba N-A-D-A. Esas 4 devoradoras del demonio se habían llenado sus respectivos boles de arroz hasta los topes y los demás ¡ajo y agua! Su siguiente paso fue seguir cogiendo comida con los palillos de todos los platos como si se fuera a acabar el mundo en 20 minutos. Yo estaba alucinando. ¡Encima maleducadas! Y ya el colmo fue cuando trajeron otro bol de arroz lleno y la JEFA DEVORATRIX salta y dice “¡Aquí, aquí!” Y yo me puse en pie y dije “NO, NO, NO, NO, QUE YA TIENES” y encima me miró mal, la muy perra, con su bol lleno de arroz y se quería echar más. Efectivamente, dejó el bol pero siguió comiendo. ¡Desde aquí te echo un mal de ojo por AVARICIOSA! En fin, el resto de la comida pues intentamos comer lo que sobraba porque LAS DEVORATRIX, plato que llegaba, plato que metían los palillos hasta dejarlo casi vacío. Comer, comimos poco, primero por las DEVORATRIX,  y segundo porque platos que estuvieran buenos, había más bien pocos, pero bueno, por suerte pudimos comer más sandía, que estaba bastante buena, y llenamos un poco el buche.   

Al salir del restaurante ya nuestra siguiente parada, era por fin, la muralla. Pero antes, no puedo pasar por alto varios de los momentos más destacados de la visita. Algunos están más incrustados en mi memoria que las propias piedras de la muralla, que como comprobaréis un poco más adelante, es decir mucho.

¿Os acordáis que en uno de los párrafos anteriores os he comentado que en el aparcamiento había un riachuelo? Pues bien, quedaos en ese lugar conmigo. No os voy a defraudar. En ese punto estábamos casi todos los asistentes de la excursión esperando a que abrieran las puertas de los autobuses, bueno, las japonesas se estaban haciendo fotos con las piedras, fotos con las plantas, fotos con el puentecito que cruza el riachuelo, foto con el riachuelo, foto con el autobús y foto con unas ocas que estaban nadando por el riachuelo. Por si alguno no lo sabéis las ocas son muy hijas-de-su-puta-madre, así que hay que ir con cuidado con ellas, porque son muy traicioneras. Aparte de que Meri salió corriendo en cuanto las vio, debido a su fobia hacia todo lo que se incluya dentro de la categoría “ave o pajarraco”, muchos insensatos se dedicaron a tirarle comida, a hacerles fotos y otras cosas a las ocas, que iban haciendo sus grititos mientras los otros se reían, hasta que pasó lo que tuvo que pasar: una de las ocas se cabreó de tal manera, que salió del agua y se puso a dar mordiscos y a aletear. Todo el mundo corriendo como alma que lleva el diablo. Yo que estaba viendo la escena desde lejos sólo pensaba en darles unas buenas collejas a todos, pero como a varios de ellos la oca les dio un par de mordiscos, ya me di por satisfecho. Cuando las ocas se alejaron, dejé a las japonesas todavía haciéndose fotos con alguna cosa, y me acerqué al río. Allí había un padre con su hijo, en la orilla del río. Así, de buenas a primeras, parece una imagen preciosa, pero nada más lejos de la realidad: el padre se estaba dedicando a limpiar con el agua del río las espinas de unos pescados que tenía en una bolsa y cuando terminó, se puso a lavar intestinos de cabra, mientras su hijo, con una navaja, se dedicaba a pelar la calavera de una cabra muerta, cuyos intestinos estaba limpiando su padre, DE UNA PUTA CABRA MUERTA. El niño tendría unos 6 o 7 años y estaba allí rascando con la navaja la calavera arrancada… Ya casi no me pareció nada extraño cuando vi a otro hombre unos metros más para allá lavando su ropa en el río, con esa agua que llevaba la sangre de los intestinos. No sé cuál de las 3 imágenes es peor, pero decidid vosotros mismos. Yo aún estoy en shock con el recuerdo de ese niño con la navaja, ¡PUAJ!

Una vez todos estuvimos montados en el autobús de nuevo, pusimos dirección a la muralla. Llegamos 20 minutos después, al aparcamiento. Una vez entramos todos en el recinto, la misión era clara: llegar a la zona más alta. ¿El tiempo? 1 hora y media para completar la tarea. Después de hacernos una foto de grupo en la entrada de la muralla, nos pusimos en marcha. En este punto quiero copiaros una frase archiconocida, pronunciada por el señor Mao ZheDong, que es vox populi y que tenéis que saber por si algún día os decidís a perderos y venís a parar a China:

不到长城非好汉

“Si no recorres la Gran Muralla no eres un verdadero Han”

Bien, no sé en qué estaba pensando el señor Mao en ese momento, pero tengo que arrodillarme ante tal EVIDENCIA y DARLE TODA LA RAZÓN. Escribiendo esto, aún puedo sentir el sudor cayendo de la frente mientras subía, primero las cuestas, y después las escaleras; la flaqueza en las piernas, la falta de oxígeno por momentos, o el dolor de brazo de estirar de la barandilla en la escalinata empinada del final.

No sé qué fue peor, si las cuestas, las escaleritas cortas, los escalones a la altura de la rodilla o la escalinata final de no-sé-cuántos-escalones que no tenía fin. Yo sólo os puedo contar que no paraba de subir y subir, y aquello no tenía fin. Me cagué un millón de veces en el chino que se le ocurrió construirla, en todas las dinastías, en todos los emperadores y hasta en el arroz tres delicias.

Suena exagerado, pero os aseguro que pocas cosas han sido tan gratificantes en mi vida como llegar hasta arriba del todo. La verdad es que el premio no era muy bonito que digamos, porque el suelo estaba lleno de basura y las vistas aunque estaban bien, no eran tan espectaculares como esperaba, pero bueno, es una gran experiencia que nos llevamos. Como dijo Meri cuando llegó jadeando como si fuera su último aliento “¿¡y para ver basura he subido hasta aquí arriba!?”. Sin embargo, el hecho de llegar hasta arriba del todo, ya fue un gran premio y una gran recompensa, yo mismo me lo iba repitiendo para mis adentros, “como que me llamo Marcos Rodríguez Vázquez que yo llego hasta arriba de todo, ¡vamos!”.

La bajado fue un poco más “light”, pero no tanto como parece, porque los escalones eran altísimos y algunos había que ir con cuidado porque parecían sentencias de muerte, un mal paso y ¡PATAPAM! Piñazo que te llevas. No os preocupéis, sobrevivimos sin sufrir ni caídas ni rasguños. Buenísimo el vídeo que grabamos Meri y yo ya en la última escalera, yo gritando “puta escalera” a lo Estela Reynolds y ella arrastrándose de pies y manos para llegar arriba.

Al llegar de nuevo al autobús, recogimos una bolsa de fruta que nos regalaron y nos pusimos en marcha de vuelta a la universidad. En aquel momento, estaba muerto de cansancio, de sueño y de hambre, pero la excursión había sido brutalmente genial. Un día para recordar. Pero os lo digo, me lo pensaré dos veces antes de volver a poner un pie en la muralla china.   





sábado, 19 de enero de 2013

哈尔滨 - Harbin (II)


Tras el palizón del primer día en Harbin, decidimos descansar y dormir bien antes de ponernos en marcha. La hora de quedada era sobre las 11 de la mañana. Tampoco nos quedaba mucho por visitar, así que no teníamos ninguna prisa hasta que nos tocara ir a la estación a coger el tren de vuelta a Pekín.

Al levantarme a eso de las 9.30, alargué el descanso hasta las 10:15, me levanté para desayunar unas galletas y bebí un poco de agua para refrescarme y de camino a la ducha mientras Ari esperaba fuera en el pasillo (lavabo transparente, recordad).

A eso de las 11.30 recogimos todas las maletas y comprobamos que no nos dejáramos nada atrás y bajamos a recepción para devolver las llaves y dejar allí las bolsas y maletas, ya que nos las guardaban para no tener que ir cargando con ellas toda el día encima, algo que se agradecía muchísimo.

Al salir a la calle, con una temperatura de unos -22 grados, pusimos rumbo a nuestra primera parada: un lago en el centro de la ciudad. El lago quedaba en otro extremo de la calle del centro (中央大街), por lo que la solución más normal sería tomar el taxi, pero no sabéis lo contento que me puse cuando dijeron que iríamos con bus. A pesar de que tuvimos que andar un buen tramo hasta la parada, no me importó tener que caminar bajo el frío de Harbin. Lo encontré hasta agradable. Tras preguntar en la parada de bus cuál era el más apropiado para llegar, se detuvo el que teníamos que coger; el precio del billete era de 1 yuan (12 céntimos, como en España ¬_¬). El bus estaba en condiciones pésimas, por eso: el suelo estaba sucio del barro que se formaba con el agua de la nieve derretida, los cristales estaban empañados de nieve y hielo y el bus hacía sonidos trotinados cada dos por tres. Unas 6 paradas más tarde, bajamos para ir hacia el lago. No teníamos la más remota idea de dónde estábamos, ni hacia dónde había que tirar, así que empezamos a preguntar para llegar. En ese momento una mujer que vendía moniatos en plena calle nos dijo que teníamos que cruzar una calle, seguir recto y coger el metro, que nos iba a llevar directos. Seguimos sus órdenes, cruzamos la calle, seguimos recto y no vimos el metro por ninguna parte. Al preguntar a otra persona, resulta que en Harbin no hay metro. ¡Gracias por su colaboración señora! Por suerte, ese hombre nos dijo que había un bus que pasaba por esa calle, que sí que nos llevaba hasta el lago. Encontramos la parada unos metros más allá, y a los 5 minutos pasó a buscarnos dicho bus.

Esta vez el bus estaba más limpio, los cristales no estaban empañados y podíamos contemplar un poco las calles de Harbin. Sin embargo, el trayecto no iba a ser todo de color de rosa. Como no tenía asiento libre me tuve que apoyar en una barra. Justo al lado tenía sentado un hombre mayor, que no tenía otra cosa mejor que hacer que sonarse los mocos y escupir pollos del tamaño de pelotas de Ping-Pong en una papelera que tenía al lado de mis zapatillas. Le conté seis pollos, y de forma consecutiva. Terminaba uno y ya empezaba con el siguiente. PUTO ASCO.

Al bajar del autobús, teníamos el lago al otro lado de la calle, pero transitaban demasiados coches, así que teníamos que cruzar por un paso subterráneo en el que había un centro comercial de tiendas, restaurantes y establecimientos. Echamos un vistazo al lugar y salimos a la calle. En ese momento ya eran las 13:30 o así, por lo que decidimos ir a comer algo, antes de visitar el lago.

Entramos en otro centro comercial y fuimos a la 2ª planta en la que había gran cantidad de restaurantes. Eran como paradas en las que te enseñaban platos, entonces lo que tenías que hacer era lo siguiente: ir a una mesa, que era donde estaba la caja y se pagaba la comida, pagar la cantidad que valía el plato, recoger una tarjeta que te daban con la cantidad de dinero que habías puesto, ir a la parada en la que tú querías pedir comida, que te pasaran la tarjeta para descontarte el dinero, volver a la caja para devolver la tarjeta y que te devolvieran el dinero en caso de que no lo hubieras gastado todo y, finalmente, recoger el plato preparado. UNA MANERA DE COMPLICARSE LA VIDA, porque sería muchísimo más fácil si cobraran directamente en el puesto de comida, pero esto es China, es lo que hay.

Yo me pedí una especie de vasija de caldo con fideos gordos típicos de Harbin con carne de cordero y compartí con Ari un plato de jiaozi, que para los que no lo sepáis, son unos raviolis chinos muy típicos rellenos de carne. Estaba todo buenísimo, pero la calefacción del centro comercial estaba a tope, así que nos estábamos asando como pollos, por lo que empezamos a quitarnos capas de ropa, para no achicharrarnos allí dentro.
Caldo con fídeos y cordero. ¡Riquísimo!

Los 饺子 (jiaozi) acomañados de salsa.


Al terminar de comer y dejar reposar la comida, vuelta a ponerse toda la ropa de nuevo y para la calle. Salimos del centro comercial, cruzamos la calle y llegamos a una plaza con unos arcos y una escultura de color roja que simbolizaba un jarrón. Es ese momento vi que a Ari y a Takuma se les acercaban un grupo de chinos. Por lo visto, le pidieron a Takuma permiso para hacerse una foto con Ari, que les hacía ilusión. Ya ves a Ari haciéndose fotos estrechando manos con dos chinos desconocidos en mitad de una plaza de Harbin.
¡Momentazo!
Premio al “Momento Raro” de Harbin. Cuando Ari terminó de hacerse foto con los chinos dándose la mano, seguimos caminado y llegamos al lago congelado. Era E-N-O-R-M-E y estaba plagado de gente. Para dar la bienvenida al lago, había una serie de puertas hechas de hielo que representaban castillos, porque tenían los picos en forma de torres de castillo de color rojo. Descendimos las escaleras y nos “deslizamos” por el hielo del lago, con cuidado, porque un resbalón tonto o un empujón mal dado y te metes el piño de tu vida. Fuimos recorriendo la superficie congelada contemplando la muchedumbre, disfrutando del griterío de la gente y sorprendidos por la belleza del paraje. Andando, llegamos a una zona donde se podía ver el agua del río por debajo de una placa de hielo que medía 2 metros.

El lago congelado.

En ese lago se podían hacer gran cantidad de actividades: patinar, montar a caballo, montar en moto de nieve, jugar a deslizarse, hacer rodar unos trompos o peones con una cuerda, dar un paseo…

Para amenizar la tarde lo que hicimos nosotros fue participar en una que consistía en sentarse en un flotador grande y tirarse por una pendiente de hielo y deslizarse hasta que se acabara la rampa. Pagamos 30 yuanes (3,75€) por 20 minutos, pero en realidad estuvimos 30, llamadnos rebeldes si queréis. Nadie controlaba nada, así que… Disfrutamos como niños y nos tiramos tantas veces como pudimos. Tremendamente divertido, aunque terminaras con toda la cara llena de nieve, hasta en la boca.


Deslizándonos por la rampa de hielo.

Cuando se agotó el tiempo, salimos con la adrenalina por las nubes, pero harto contentos de lo que bien que lo habíamos pasado. Volvimos al centro comercial para buscar a Caterina y Fiamma, que no quisieron subirse a los flotadores, para ir al baño y para entrar un poco en calor.

Al volver a salir a Takuma y al resto de los japoneses se les pasó una idea por la cabeza: consistía en mojar un trapo en agua hirviendo, salir a la calle y agitarlo en el aire dando vueltas, como un cowboy en un rodeo con una cuerda. El resultado fue que en tan solo unos minutos, el pañuelo pasó de estar ardiendo a congelado, y cuanto más tiempo pasaba, más congelado y rígido se ponía, hasta que a la media hora, parecía un bastón que uno podía usar para apoyarse para caminar. Para que os hagáis otra idea del frio que hacía en Harbin, si te soplaban aire en el pelo, se te quedaba canoso.

Nuestra siguiente parada era otro festival de hielo que no quedaba muy lejos de allí, a tan solo unos 10 minutos a pie. Al llegar a la entrada, vimos que el precio de la entrada era desorbitado para lo que era el parque, además, todavía no habían encendido las luces, por lo que pasamos de largo, ya que no nos íbamos a gastar el dinero si no merecía la pena. Asimismo, lo que se veía desde fuera, eran una serie de estatuas de hielo parecidas a las del centro de la ciudad, por lo que tampoco había nada nuevo que ofrecer.



De vuelta a las andadas (quiero decir que nos volvimos a poner en movimiento), pusimos rumbo a la última atracción que nos quedaba por ver: la iglesia ortodoxa de Santa Sofía, de clara influencia rusa y uno de los emblemas de la ciudad y paraje que debe visitarse si uno pasa por Harbin.

No quedaba muy lejos del centro de la ciudad. Recorrimos varias calles y al final nos topamos con ella. Está construida en una enorme plaza y, al ser de noche, estaba iluminada con varias luces tenues, lo que le daba un carácter severo a la construcción. Desde fuera es realmente preciosa. No se podía entrar por reformas, pero la rodeamos para verlas desde todos los ángulos posibles, nos hicimos varias fotos de grupo y perdimos la vista entre las piedras de la iglesia. En aquella plaza nos encontramos con tres japonesas que también estudian con nosotros en Tianjin que también estaban en Harbin de visita. Yo no las conocía personalmente, pero las tengo vistas por la residencia. Y bueno, lo típico, foto aquí, foto allá, foto con uno, foto con otro, foto con la iglesia, foto con la iglesia haciendo un gesto raro con las manos… ¡JAPONESES!

La iglesia de Santa Sofía de Harbin.


Al terminar la sesión fotográfica, nos metimos en un McDonald’s que quedaba al lado para entrar en calor y descansar. Ya habíamos terminado la visita de Harbin y aún quedaban más de 3 horas para que saliera nuestro tren de vuelta a casa, así que no había ninguna necesidad de correr. Mientras Ari y yo le dábamos al vicio de la brisca, los japoneses se dedicaron, como no, a hacerse fotos posando como modelos. ¿HACE FALTA? Yo creo que no, pero bueno si ellos son felices haciendo eso, tampoco se lo voy a impedir. En ese momento me di cuenta de que tenía un problema, porque lo único que me apetecía tomar en el McDonald’s era un McFlurry, porque al igual que el día anterior, el agua que tenía en la botella que llevaba en la mochila, estaba más congelada que Walt Disney. No pedí nada, me hubiera convertido en la antítesis en persona.

Una vez salimos de allí, nos dispusimos a volver al hotel para buscar las maletas. De nuevo, tuvimos problemas para pillar un taxi. Como mínimos tardamos unos 20 minutos en encontrar uno que estuviera vacío. Al final, uno decidió llevarnos a cambio de pagarle 30 yuanes el viaje (3,75€).

El taxista loco 5 (este se lleva el pin al “taxista majo de Harbin”) conducía mal, pero era majo, así que se le perdona todo. Nos estuvo contando que como es nacido allí, para él no hace tanto frío, nos preguntó si estudiar chino era muy difícil, que cuantos años teníamos y muchas cosas más. La verdad es que después de las malas experiencias del día anterior, fue una alegría encontrarnos con una persona así de graciosa. Hizo que el día fuera completamente REDONDO.

Una vez de vuelta al hotel, recogimos nuestras maletas y nos sentamos a la espera de que llegaran los japoneses. A los 10 minutos, entraron aceleradamente por la puerta, Takuma nos dijo que fuéramos a la estación, que le habían dicho un restaurante muy rico en el que cocinaban jiaozi para ir a cenar. Al salir a la calle, vimos que los cuatro se metieron en un coche random que no tenía ninguna marca de TAXI. Por lo visto, según nos contaron más tarde, hay gente de pueblos cercanos a Harbin que son conscientes de la carencia de taxis, por lo que ofrecen sus coches para transportar a los turistas y extranjeros a un precio similar al de los taxistas. Yo no me hubiera montado en ese coche ni jarto vino, pero estos japoneses son tan felices, que les importó tres pepinos en vinagre.

Retomando lo que estaba contando antes, estábamos en plena calle buscando un taxi, pero o iban llenos o no se detenían, teniendo en cuenta que íbamos cargados, hacía frío y estaba oscuro, la opción de ir hasta la estación andando, estaba descartada. Al final se paró uno, pero al decirle que íbamos a la estación, dijo que no, arrancó y nos dejó allí, entre el frío y con la mandíbula en el suelo del estupor. Al cabo de unos 5 minutos pasó otro, este se paró y le rogamos que nos llevara a la estación, a lo que contestó: “¿y por qué no vais caminando?” ¿¡PORQUE ESTAMOS A -30 Y VAMOS CARGADOS COMO MULOS QUIZÁS?! Este taxista no entra dentro de la lista de “taxistas locos” sino en la de “taxistas gilipollas”, primer premio para él. Después de pagar 9 yuanes por el viaje (1,1€), nos refugiamos en un KFC a la espera de que nos avisaran los japoneses de su localización, porque vete a saber dónde les iba a dejar el coche que tomaron. Ari volvió a encender el MODO DRAMA QUEEN diciendo que si pedían rescate por el secuestro, ella no tenía dinero para salvarlos. A los 5 minutos nos reencontramos y nos dijeron que todo bien, excepto que Takuma se cargó la manilla de la puerta del coche y tuvo que pagar al conductor un recargo extra.

La cena en el restaurante estuve realmente bien. Un sitio agradable. La comida muy rica, el servicio genial y la cuenta no demasiada cara para la gran cantidad de comida que pedimos. La única cosa a destacar fue la bebida: te servían el agua que les sobraba después de hervir la pasta, para que te la bebieras como si fuera agua. REPUGNANTE. Di un trago y me arrepentí durante 2 minutos, lo que tardó el camarero en traer agua, ya que la mía estaba aún más congelada que antes.
Cenando 饺子 entre otras cosas.

A las 21.00 ya estábamos en la estación de Harbin para pasar los controles de equipaje y de billetes, a la espera de que se abrieran las puertas para el tren. Nuestro compartimiento era de igual tamaño, aunque tenía TV (que no sabíamos si funcionaba o no) y la cortina cubría más la ventana. Una vez se puso en marcha el tren, abrimos una lata de cerveza Harbin, y dando un brindis, nos despedimos de la ciudad de Harbin, del frío y del hielo.

Después de echar unas risas, jugar a cartas y estar de cháchara, fuimos a dormir. En mi cabeza, cuando la luz ya estaba apagada, me alegré muchísimo de haber ido a pasar unos diitas a Harbin y poder descubrir otra ciudad de China, diferente de Tianjin. Una ciudad que lo que más me sorprendió, no fue ni el hielo, ni el frío, ni las estatuas, sino el hecho de haber conseguido que algo tan negativo y fatal, como la temperatura adversa, no sea un impedimento, más bien un plus, algo que atraiga a tantos turistas y genere tal cantidad de ingresos. Sin lugar a dudas, un viaje de lo más divertido, entretenido e inolvidable.  

 
再见哈尔滨,我们爱天津。